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Reparar el pasado.

28 Ene

¿Es posible, amig@s mí@s, volver atrás, desandar lo andado, cambiar lo que ya hiciste?

“La flecha está lanzada”, dijo a cuenta de un asunto de sí mismo el maestro K.

Me parece lo más doloroso del pasado ese hecho de no tener marcha atrás, ese “ser irremediable”,

ese “lo que pasó, pasó”…

Hay personas que no se arrepienten de nada de su pasado. Y yo no sé si son sobrehumanas o inconscientes. No digo que –en eso- no sean lo primero. Yo, ciertamente, no lo soy…

“Qué hice y cómo me porté con personas queridas”…¿querría que no hubiera sido así?

¿Habría deseado que mi insensibilidad no las dañara? ¿Habría decidido no ser ciego a su realidad en muchas ocasiones? ¿Habría querido que mi soberbia no me empecinara en lo que pensaba?…

¡Por supuesto que sí!

No habría querido lanzar unas flechas que se clavaran en su carne, no haber herido…

Ni soy valiente para afrontar serenamente el daño,

ni soy tan insensible para no lamentarlo, ni estoy tan convencido de mí mismo que nada quisiera modificar en el ayer.

El tejido hecho por mi telar está lleno de fallas y de nudos. Muchos dibujos están mal iniciados, otros no llegaron a terminarse. Yo no puedo decir (como al parecer hay quien sí lo hace) que esté orgulloso de mi vida.

Hay en mi pasado un dolor inevitable que llevo sobre mí, un peso que ignoro la forma de aliviarlo.

Lo que hice, lo hice. ¡Esto no tiene marcha atrás!…

¿Es posible, en consecuencia, reparar el pasado?

Quisiera verlo ahora, amig@s mí@s, mientras voy escribiendo estas palabras y dejando que lo real se desenvuelva. Y quisiera, sobre todo, que a cuantos dañé me dijeran cómo puedo reparar el daño si es posible.

“Pedirles perdón” es poca cosa. Son, por una parte, unas palabras por mucho que sean sentidas. Y son, por otra, de alguna forma una carga que añades a sus hombros pidiéndoles que no lo tengan en cuenta, ¡lo que tú hiciste!, lo cual es cosa enteramente suya, se pueden negar, tú no tienes derecho a esperarlo…

¿Qué hacer?

¿Cómo afrontarlo?…

 

Hay algo muy importante que viene a la mente:
¿SIGUES SIENDO EL MISMO QUE ENTONCES FUISTE?

Porque si es así, sigues siendo LA FUENTE DE LOS DAÑOS.

Y por ello el pedir perdón será algo meramente hipócrita e injusto.

HAS DE HACERTE LA PREGUNTA.

Y ha de ser muy sincera, muy honesta, muy radical la respuesta.

Porque si ya no fueras el mismo, ese pasado y ese daño YA SE HABRÍA TERMINADO.

No podrías borrar lo que entonces hiciste, eso seguiría siendo IRREMEDIABLE, y con ese dolor habrías de cargar para siempre, sin jamás sentirte inocente.

¡Pero nunca más volverías a producirlo! Y te podrían ver distinto esas personas, y –si ellas quisieran- podrías comenzar con ellas UNA NUEVA RELACIÓN.

Obvio es que, ante todo, dejarías de echar culpas a los demás y buscarte excusas y justificaciones.

Habrías de cargar enteros tus hechos a la espalda.

Con ellos vivir.

Habrías de aclarar tus ojos y, sin miedo, ACEPTAR QUE TÚ FUISTE CAUSA DE ESOS DAÑOS.

Que los hiciste tú y nada ni nadie más. Sin permitir que tu mente se deslice a lo que ellos hicieron, porque nada quita que fueras tú el origen y la causa de tus propios actos.

Simple parece esta lección…¡Pero es muy costosa para nosotros, los humanos!…Decir que sí con la cabeza puede ser relativamente fácil. Pero aceptarlo hasta el fondo de tu ser es otra cosa…

Requiere que desciendas a tus sótanos, hasta el lugar más oculto de eso que llamamos subconsciente…¿Podremos llegar ahí, amig@s mí@s?…

 

Tras este hecho, aún queda camino. Más difícil aún. Y es la pregunta que ya me hice con vosotr@s antes:

¿HE DEJADO DE SER LO QUE ERA?

¿LO SABES?

¿PUEDES NI SIQUIERA SABERLO?…

 

Me vienen las palabras del maestro…¡DESCORAZONADORAS!:

“EL QUE LO ES, NO LO SABE”…

Puede ser que a lo largo de los años tú hayas hecho cambios en ti. Puede que tú los notes y los noten los demás…

Pero “ese algo” que está más allá y por debajo de esos cambios…¿SIGUE SIENDO IGUAL?…

Y adviertes que es muy posible que sigas siendo lo mismo, y sigas siendo –en consecuencia- el mismo autor y fuente de los daños.

SIN TÚ SABER…

¿Y QUÉ TE QUEDA?

¡Humildad, humildad, humildad!…¡Ay, otra palabra!

ACEPTAR QUE NO SABES Y ESCUCHAR.

Escucharlo todo, incluso lo que te contradiga…¡En especial lo que te contradiga!.

Escuchar de forma completa, sin ninguna resistencia.

Escuchar aunque te esté pareciendo equivocado…

¡ESCUCHAR!…

Porque quien no sabe, debe escuchar.

Quien no sabe, no se puede seguir guiando por lo que cree saber.

Quien no sabe, se ha de callar completamente, olvidar cuanto encuentra en su propia mente

y poner TODA LA ATENCIÓN en aquello que reciba…

Y después, mucho tendrá que hacer.

Habrá de meditar muy honda y seriamente. En el instante de la escucha y después de él.

IGNORO LO QUE PUEDA APRENDER.

Tendrá que atravesar el desierto de sí mismo…”Deambulatio pauperis in deserto”, formuló S. Buenaventura, un franciscano antiguo al que nombraron “santo”…”El camino del pobre en el desierto”…

Pero a la par me parece que su camino no ha de estar sumergido en la tristeza. Porque siento que ella, fácilmente, es pena de sí mismo, que no es el dolor del daño ajeno.

Conscientes de lo que alcanzamos a ver de nosotr@s mism@s. Conscientes de lo que nos digan…

Y paso a paso, día a día del tiempo que la vida nos conceda, ABRIR LOS OJOS, ABRIR NUESTROS OÍDOS.

Y CAMINAR…

 

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Publicado por en 28 enero, 2013 en Reflexiones y vivencias

 

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