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Archivos diarios: 29 enero, 2013

Las encinas y la mente.

Es la encina un árbol admirable.

No será –según los cánones- tan alto y bello como el cedro, es más baja y chaparra, son sus hojas inhóspitas y su tronco retorcido.

Pero me parece ser el árbol que más energía de la vida recibe y contiene.

No conozco ningún otro que, como ella, sea capaz de anidar en la roca y crecer contra toda posibilidad.

Lo he visto realizar a un mínimo pimpollo, una mera ramita de escasos palmos que enraizó en un nicho de roca, de pura roca, y en un círculo de rocas, tan claro que así es como lo llamamos: el círculo de rocas.

Nadie lo plantó.

A unas decenas de metros hay una gran encina, podría decir que “una colonia”, porque surgen de la tierra varios troncos contiguos. Pero a partir de las ramas que portan hojas, se comporta el conjunto como un solo árbol…Probablemente ella es su madre, madre encina nacida de la Madre Tierra…

De manera increíble, año a año, esa ramita ha ido creciendo. Ha sabido, no sé cómo, hacer fisura en la roca, fragmentar su resistencia, penetrar su entraña, tal vez crear su propia tierra para arraigar y crecer.

Nadie la ha regado. Ha sorbido el agua del cielo y de la tierra. Y ha continuado creciendo, indestructible, hasta ser ahora ya una encina joven, de un solo tronco (¿cómo habrían sido posibles más?) que me parece que sobrepasa los dos metros de altura…

No me parece posible que ningún otro árbol hubiera sido capaz de la misma hazaña.

La admiro, sin duda alguna, a la par que –por haberla visto esforzarse tan de pequeña- tiene en mi corazón afecto.

Y me hace pensar ella en nuestra propia mente.

¿Cómo han crecido en la Humanidad, sobre lechos de rocas, sobre errores sin cuento, con todas las adversidades en contra de ellas, las Grandes Mentes?

Gautama, el príncipe, abandonó su vida de lujos y placeres  se encaminó a los bosques donde pasó toda clase de privaciones…

Pasó de aquello para crecer en la roca…

Halló después otro camino, una “vía media” respecto a la dureza y los sacrificios de todo tipo,

pero ahondando mucho más en su propia mente,

abriendo los ojos de su consciencia para poder ver más allá…

Jesús de Nazaret, descendiente de reyes, nació en un establo y discurrió la práctica totalidad de su vida trabajando en un taller de carpintero.

Y antes de comenzar a hablar a las gentes que le venían, se retiró al desierto, vivió en él en privaciones y hasta tentado por el espíritu del mundo, el que ama la riqueza y el poder.

Y se abrió su corazón a la consciencia del Padre de todos los seres y mostró a los que le seguían que solamente existe UNA REALIDAD, y le dio como nombre AMOR…

¡Cómo crecieron aquellas grandes mentes!

¡Cómo mostraron el camino recorriéndolo primero ellas mismas!

No hicieron filosofía ni (aunque luego hayan surgido) no crearon “religiones”. No tuvieron ideología alguna, no pretendieron cambiar el mundo ambiental ni sus costumbres ni sus pautas o paradigmas.

Se adentraron en la roca para llegar al agua de la vida.

Ahondaron en el ser humano y enraizaron en él hasta donde nadie antes lo había hecho, y se lanzaron al cielo sus troncos y sus ramas…

No odió Jesús a los romanos invasores de su tierra,

no quiso participar ni en las ideas ni en las acciones de los “zelotes” que entendían al Mesías como el liberador de la opresión del invasor…No entró “en política” ni combatió a nadie…

No tenía Jesús “conocimientos” ni buscó sabios discípulos. Ignorantes pescadores eran y a ninguno envió a instruirse a alguna escuela existente.

Solamente supo encontrar dentro de su corazón

la singular vivencia de amarlo todo y amar a todos, y por ello cambió la Ley y los Profetas por el único mandato capaz de producir El Bien entre los seres, “amaos como yo os he amado”…

 

Rojo atardecer tiñe ahora el cielo de poniente.

Las nubes resplandecen con la intensidad del día que se acaba.

El campo está muy quieto, quieto el viento y las hojas de los árboles.

Todo medita.

Y se empiezan a ver las luces nocturnas de los hombres…

 

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Publicado por en 29 enero, 2013 en Reflexiones y vivencias